Sobre el libro “El desorden digital” de Anaclet Pons

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Anaclet Pons. El desorden digital. Guía para historiadores y humanistas. España, Siglo XXI, 2013

desordendigital

Hace un tiempo, desde Red-historia, le hicimos una entrevista a Anaclet Pons, un historiador español, conocido también por su interés por las humanidades digitales y por el blog en el que escribe: Clionauta. Un tiempo después salió a la venta su libro El desorden digital… Lo que sigue son algunos comentarios sobre ese libro y sobre los temas de los que se ocupa.

I
Mientras escribo esta reseña tengo abiertas varias páginas web, a raíz de una búsqueda de términos como “digital humanities”, “humanidades digitales”, “digital history”, y así. Hace diez años, una exploración de esos asuntos me hubiera dejado satisfecho e interesado con, digamos, cinco o seis horas de navegación online. Hubiese leído muy poco sobre lo que Wikipedia define –y definía por ese entonces– como el área de investigación y enseñanza en la intersección de la computación y las humanidades, pero me hubiera quedado la sensación de haberme orientado en un tema extraño, y la curiosidad para nuevas búsquedas.
Hoy no puedo decir lo mismo. Las publicaciones sobre las humanidades digitales ya son muchas. Centros de investigación, revistas académicas, redes, subsidios, cursos e intervenciones de distinto género se han multiplicado no uniformemente por todo el mundo. Si quisiera saber algo acerca de cómo fluye la información en esos territorios, si quisiera poder ubicarme en el campo, de modo tal que luego de algunas horas de deambular por sitios web, programas de cursos, índices e introducciones de libros y blogs de historiador*s, pudiera distinguir algunos nodos cruciales que me permitieran disponer pasos para adiestrarme en contenidos, si quisiera, en fin, sentirme como hace diez años, satisfecho y curioso al leer sobre digital humanities, hoy ya no podría.
Por ese mismo ejercicio de desplazamiento en el tiempo, sin embargo, me doy cuenta de que debería hacerlo, debería empezar por algún lugar. Hace veinte años no era necesario tener un correo electrónico, y hace treinta lo que en Argentina se denomina “historia reciente”, si estaba sucediendo, no tenía ese nombre. Incluso si creo que el oficio de historiador/a no ha cambiado mucho en esas décadas, los cambios en las herramientas, las técnicas y los medios me predisponen a tratar de leer algo sobre humanidades digitales. El problema es que la palabra “intersección” parece indicar que la convergencia de las humanidades y las ciencias de la computación sucede en un solo punto, y eso es lo primero que parece ponerse en disputa en los debates actuales.
Ahora tengo abiertas algunas pestañas en el navegador, las miro con desasiego: los abstracts del número especial de Differences. A Journal of Feminist Cultural Studies, intitulado “In the Shadows of Digital Humanities”; la lista de blogs sobre la digital history en Cliopatria, un excelente blog colectivo que sigo hace mucho tiempo; las novedades en HASTAC; la pizarra de pinterest de la American Historical Association llena de herramientas que, imagino, me vendrían muy bien; el blog de Lisa Spiro ; Bamboo DiRT, un servicio que lista herramientas y recursos en función de lo que quiero o podría querer si entendiera un poco más; y una entrada de página de la cátedra de Alejandro Piscitelli en la Universidad Nacional de Buenos Aires (si hay algún lugar en Argentina por dónde empezar a curiosear sobre estos temas es justamente allí.)
Abrí especialmente para hacer esta reseña de El desorden digital…, tres libros “clásicos” sobre el asunto: el de Orville Vernon Burton, Computing in the Social Sciences and Humanities; el de Susan Schreibman, Ray Siemens y John Unsworth, A Companion to Digital Humanities, y el de Daniel Cohen y Roy Rosenzweig, Digital History. A Guide to Gathering, Preserving, and Presenting the Past on the Web. Siempre tuve la sospecha de que esos textos eran buenos (para mí) porque en el momento en que los leí tenía muchas ganas de incorporar fotografías a mi investigación, hacer una página web y comprender cómo pensar y hacer una base de datos relacional. Esto es: sospechaba que la juntura entre el mundo digital y la investigación académica comenzaba en el deseo por hallar técnicas o lenguajes especiales para resolver problemas historiográficos, antes manifestarse como una evidencia del mundo transformado.
Hay sin dudas muchos libros que se interrogan acerca de la intersección entre procedimientos y formatos digitales y conocimiento disciplinar. La proliferación de esas discusiones a la luz de casos particulares es sustancial. Y lo mismo cabe decir acerca de los debates sobre las implicancias de esas prácticas sobre los fundamentos disciplinares. Dan Cohen editó hace poco, junto con Tom Scheinfeldt, Hacking the Academy: New Approaches to Scholarship and Teaching from Digital Humanities, resultado de una convocatoria con un deadline inusual de un semana. Más de 170 autores contestaron el llamado. El libro es tan heterogéneo que cualquier artículo me resulta interesante pero me asusta que todo eso quepa en un único recipiente. Luego de leerlo, el susto es más bien sorpresa: tal vez estoy acostumbrado a pensar muy rígidamente al libro con mayúsculas; tal vez ese libro es apenas una instantánea de una conversación que circula por medios digitales más rápida e ingeniosamente; tal vez ese flujo de ideas sea el libro del que los editores presentaron su versión; quizás hacking es el mejor término para desnaturalizar algunas inercias del mundo académico. Hasta donde conozco, la historiografía tiene menos contacto que otras disciplinas con temas relacionados con las humanidades digitales. Libros notables como el de Melissa Terras, Julianne Nyhan y Edward Vanhoutte, Defining Digital Humanities. A Reader; o el de Matthew K. Gold, Debates in The Digital Humanities; o el de David M. Berry, Understanding Digital Humanities, no solo tienen pocos historiador*s en la nómina sino que, más importante, el tono general de las obras no se entrelaza fácilmente con tonos de revistas y libros historiográficos (de habla hispana al menos). Quiero decir con esto: no estoy seguro de querer usar esos libros en primeras instancias de presentación de debates de temas del área “humanidades digitales” (aunque sí de hacerlo con algunos de sus artículos). Hay libros de pertenencia más específica, como los de Mark Greengrass y Lorna Hughes, The Virtual Representation of the Past; Toni Weller, History in the Digital Age; Kevin Kee, Pastplay, Teaching and Learning History with Technology; Kristen Nawrotzki y Jack Dougherty, Writing History in the Digital Age; y el de T. Mills Kelly, Teaching History in the Digital Age (los últimos tres pertenecen a Digitalculturebooks, una iniciativa de la Universidad de Michigan para la publicación de materiales relacionados con las humanidades digitales, a la que también pertenece Hacking the Academy…) . Estos libros, muchos de ellos compilaciones de artículos, reflexionan sobre objetos, métodos, fuentes y publicaciones que el hacer historiador utiliza (y problematiza) y proponen enfoques novedosos a partir de articular los transformaciones sociales, los cambios en los soportes que retienen los restos del pasado y las posibilidades que los nuevos medios brindan (prácticas) o pueden brindar (enseñanza) para nuevas escrituras historiográficas, para nuevas interpretaciones históricas. Se destacan zonas en los esfuerzos antológicos, espacios donde la insistencia en mayor, como son la enseñanza de la historia y la presentación de casos en donde la visualización aspira a presentar investigaciones de corte tradicional, como suele suceder también con otros tipos de fuentes (registros orales, audiovisuales, fotográfico) y casos en los que nuevas herramientas facilitan la investigación propiamente dicha. Las meditaciones sobre medios y mediaciones ocupan menos espacio, casi siempre son presentadas en las introducciones. Las tradiciones que enfatizan las conversaciones entre temáticas fuertes en historia cultural y crítica cultural y el cibermundo provienen de redes con aires franceses (Roger Chartier, Robert Darton) o los media critics alemanes, en una línea que tiene a F. Kittler como baluarte y a Geert Lovink (Zero Comments, Networks Without a Cause) como uno de los más lúcidos intérpretes del mundo transformado actual. El libro de Matthew G. Kirschenbaum, Mechanisms: New Media and the Forensic Imagination, es un interlocutor reconocido en lo que podría ser una preocupación sobre el texto y sus alrededores antes que por las prácticas profesionales, pero continua lejos de las conversaciones de los historiadores. Otros textos en esa línea son: el del prolífico Stephen Ramsay, Reading Machines: Toward an Algorithmic Criticism; y el de Steven Jones, The Emergence of the Digital Humanities.
Sin embargo, el análisis conceptual y el análisis metodológico o la presentación de casos no son enfoques extraños. Más lejos de mis posibilidades están las propuestas del tipo historiador-programador, aunque supongo que la alfabetización digital hará que los conocimientos rudimentarios para “hablar” un lenguaje de programación estén cubiertos a la salida de la escuela secundaria. De todos modos, los experimentos prácticos y conceptuales de William Turkel, o en la otra punta, las discusiones sobre la base de datos como género (Ed Folsom) me resultan algo inescrutables. Una pregunta existencial sobreviene cuando leo esos apasionantes textos: ¿no debería estar tomando notas en el archivo, leyendo documentos?

II
Y es precisamente ese lugar, el archivo, es el que más ha cambiado en estos últimos años. Este es el escenario que define la empresa de Anaclet Pons en El desorden digital…: las transformaciones de la deriva digital deben ser comprendidas por l*s historiador*s. Los cambios en el sensorio, la desmaterialización de los restos del pasado y su posible digitalización, y la consolidación del hipertexto como medio y producto son algunas de los aspectos de la nueva escena. El archivo, desde el concepto hasta su más pedestre manifestación, es un tema central en este libro. El desorden no es un problema sino un desafío en ese teatro, y el lugar y la operación historiadora para asumirlo es el archivo. Esta es la principal razón que a mi juicio convierte a El desorden digital… en un buen libro para comenzar a comprender asuntos de las humanidades digitales: no es una guía, como expresa el subtítulo, sino una metaguía; no es un libro sobre historia digital sino un libro sobre historiografía a partir de cuestiones relacionadas con lo digital. Anaclet Pons reubica las conversaciones de otros libros sobre humanidades digitales –que el investigador conoce muy bien– en un diálogo con la historia cultural. Es una charla que tiene como lectora preferida a la historia académica y como principal objetivo, el de corroer la pregunta existencial de la zozobra frente a lo nuevo. En el libro, lo que parece nuevo se reintegra a discusiones conocidas, a problemas históricos. Se trata, por supuesto, de una elección del autor: podría haber desarrollado temas y discusiones que publicita y afronta en su blog, mostrando las últimas innovaciones en el campo; podría haber dialogado con las generaciones nuevas, orientando su intervención hacia la convergencia de medios, hacia formas desapegadas del patrón letrado. Por el contrario, el libro es un ejercicio de encantamiento, un intento por mostrar que la interpretación del mundo actual por parte de l*s historiador*s es necesaria y también posible.
La primera y la última entrada del libro conciernen a las humanidades digitales. Pons presenta al comienzo la pregunta sobre la definición del campo y la historia de su conformación como espacio de relativa autonomía. En el último capítulo se presentan algunos desarrollos en centros de investigación importantes, y ejemplos de investigaciones, aplicaciones y representaciones producidos por la historia académica en la web. Esos textos abren y dejan abierto un coloquio sobre un campo en movimiento. Pons libera a las pujas por las definiciones de su costado más cicatero, y las muestra como espacios abiertos e indefinidos pero promisorios. Incluso si en ese movimiento “sacrifica” mucha de la riqueza que esos debates presentan y que Pons analiza casi a diario. En el último post de Clionauta puede leerse la traducción de una reciente intervención de un reconocido historiador, en la que se distingue fuertemente la digital history de las digital humanities (pueden seguirse otras intervenciones sobre el mismo asunto en Digital Humanities Now).
En medio de esos capítulos, la reflexión pivota sobre temas y problemas reconocibles para l*s historiador*s –acaso menos directamente vinculados a los humanistas del subtítulo–: los nuevos soportes, los cambios en la lectura, en las formas del trabajo, el tema de las fuentes históricas, la escritura y la difusión y publicación de contenidos. El desorden digital… se basa en una estrategia –la que acaso también resulte ser una convicción del autor, pero eso no es para este lector algo del todo importante–: acentuar el carácter “conservador” de la historia, su lento ritmo digestivo, su dominio sobre los compases del cambio y la continuidad. Esa estrategia implica además que las conversaciones que en el libro se desarrollan remitan a grandes textos, distinguid*s autor*s y debates reconocidos. La historia del libro y de la lectura y la reflexión historiográfica con centro en el archivo ocupan lugares destacados en diversos capítulos de El desorden digital…
La conversación abarca un circuito denso sobre la comunicación, integrado por cuestiones que necesariamente Pons debe retomar en uno y otro lugar. La materialidad de los nuevos medios, los nuevos soportes de lo escrito, en la fetichizada “pantalla” y también la lectura y los usos de esos medios, son pensados en este libro con el ademán de reponer los conflictos de otros momentos de grandes cambios (la imprenta, la Enciclopedia, la “revolución de la lectura” por dar sólo algunos ejemplos) y su comprensión historiográfica. De ese modo, si algunas caracterizaciones del hipertexto, las redes de fibra óptica, la lectura en la pantalla e internet pueden poner en evidencia el carácter inestable, delicuescente, poco jerarquizado y banal de los (nuevos) modos de circulación de la información, el oficio historiador podría aliviar la experiencia de la mutación. Lo mismo puede decirse frente a las nuevas técnicas y tecnologías que impactan sobre el propio trabajo de l*s historiador*s. En lugar de desplegar una batería de herramientas y procedimientos prometedores, que por su obscena multiplicación pondrían en entredicho las actividades concretas del trabajo intelectual, Pons habla sobre el hacer propiamente dicho, y por medio de esa conversación, aparatos y programas son interrogados con curiosidad pero lejos de la oferta geek y del luddismo melancolizante. Así, a través de una charla de reconocimiento y valoración de los cánones disciplinares, podemos ir, sin necesidad de contraponerlos, del fichaje en cajas de zapatos a la base de datos; de la lectura de documentos intensiva, de tipo abacial, a la “lectura distante” (propuesta por Franco Moretti) para “no leer” miles y miles de documentos de una época.
¿Cambia la historiografía en su trato con los restos del pasado, cambia su escritura, el modo de presentación de sus investigaciones, su relación con la sociedad, una vez que documentos y métodos se han modificado? ¿Debería cambiar? El capítulo sobre el archivo, casi un libro dentro de otro, y los capítulos donde Pons se explaya sobre el hipertexto como nuevo escenario posible en la escritura académica, y sobre la historia “pública” o las nuevas maneras de publicar y promocionar las investigaciones, operan bajo la misma clave: el camino es la mesura, la ponderación de rienda firme. Frente a las pasmosas promesas de un “texto” múltiple sin centro ni medida, el autor apuesta por una “hipertextualidad prudente”, un uso templado de herramientas de visualización, un adocenamiento de las potencias algorítmicas de las máquinas y los programas, un aval por “iniciativas juiciosas’ en nuevas formas de publicar (en la web) investigaciones. Al borde de revelarse como oxímoron, estas ideas son parte de la estrategia del reforzamiento del expertise, de la decisión de subrayar el lugar fundamental del historiador en la organización y jerarquización de los datos y su evaluación, y permiten que se mantenga el interés por los cambios actuales y las nuevas posibilidades en todos los campos de la disciplina, incluso cuando el ánimo acelerado de los más radicales experimentos digitales parece prometer convertir a los protocolos tradicionales de la investigación histórica en fórmulas depreciadas.
En el capítulo sobre Wikipedia Pons analiza la escritura colaborativa como un cambio importante de los últimos años, pero también puede ser pensado como uno que estudia las ambivalencias del enciclopedismo centrado en el libro y las posibles vías de relación entre formas distintas de producción de contenidos históricos. De todos los capítulos, es el que cierra más inclinado a la exhortación al cambio, con una incitación a la interpretación de las nuevas tecnologías y las metamorfosis actuales por parte de los historiadores. Wikipedia como producto, como poética y como tecnología: la exploración repone para mí de un modo menos “prudente” la conversación, interpela a l*s lector*s a revisar cada uno de los otros capítulos desde otro ángulo. Los nodos de un circuito imaginado (como son por ejemplo sociedad, publicación de resultados, pedagogías, formas del trabajo, tecnologías) pueden ser leídos en los debates sobre el wiki más conocido.
Además de sus investigaciones sobre historia contemporánea y sus posts, Pons ha escrito entonces este libro. En él surge una forma acertada de poner en una misma trama consideraciones intelectuales e inquietudes vitales, que por protocolos y géneros comúnmente viajan separadas. La forma contienda para ensayar un modo de pensar los cambios que prometen las humanidades digitales no se muestra muy prometedora, debido a que emplaza en unas coordenadas demasiado tabicadas por la especificidad, a enemigos y fanáticos de lo novedoso. En su lugar, El desorden digital… logra encontrar sendas que modifican el pobre mapa del enfrentamiento, en las que los archivos digitales, la digitalización masiva y el hipertexto encajan muy bien en debates historiográficos de largas y añosas barbas. Esta lectura que hago aquí no les es muy fiel pero recalca el acierto en el tono elegido para el amplio conocimiento de Pons sobre humanidades digitales y su empeño en traerlas a debate.

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Author: Nicolás Quiroga

Historiador, investigador en CONICET-Argentina. Profesor en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Editor General del Programa de Historia Política. Interesado en temas como partidos políticos; populismo; cultura y política; humanidades digitales. @n_quiroga

2 Comments

  1. Gracias, Nicolás, por tus excesivas palabras…Un abrazo

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