El peronismo entre las ruinas. Preguntas a Mark Healey

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Mark Healey . El peronismo entre las ruinas . El terremoto y la reconstrucción de San Juan, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2012.

Es conocida la conexión de la colecta para las víctimas del terremoto de San Juan con los comienzos del romance de Perón y Evita. El acontecimiento, la fatalidad, la ocasión, la ucronía son temas que siempre merodean la reflexión sobre los orígenes del peronismo. Menos conocida es la historia situada del desastre. Las consecuencias de unos pocos segundos de destrucción. El peronismo entre las ruinas… es un libro que pivota sobre el terremoto de San Juan en 1944 para pensar al peronismo y a sus relaciones con prácticas políticas regionales; al Estado a través de la planificación y la negociación arracimada con múltiples y superpuestos actores sociales; a una provincia con un pasado intenso en creatividad política y reflexión social. Los sueños de la reconstrucción de la ciudad -el concepto de utopía en su momento liminal- vertebran un relato en el que la historia social y la historia política no dejan de mirarse. El libro cede imágenes complejas de una historia argentina de mediados de siglo XX, pero es también una interrogación sobre la modernidad, sobre las ideas historiográficas que la invocan.
Le propuse algunas preguntas a Mark Healey sobre su libro
NQ: ¿Cuál fue el camino que te llevó a vincular las relaciones entre Perón y el terremoto de San Juan con problemáticas de reinvención urbana?
MH:El comienzo fue descubrir que, días después del peor desastre de la historia argentina, el gobierno militar propuso construir una ciudad modelo sobre las ruinas, y que la propuesta vino de Perón. Me preguntaba ¿cómo es que no hay nada escrito sobre esto?¿Qué más hay detrás de la anécdota romántica de Perón y Evita? ¿Cómo puede ser que se haya ignorado semejante tragedia –y proyecto? Intentar responder a esas preguntas me llevó a escribir el libro.
No cabe duda que influyeron dos cosas: mi formación de grado como arquitecto e ingeniero, que me había dejado inquietudes por temas urbanos, y mis lecturas de historia argentina, que habían sembrado un interés por la vida política del interior. Medio por casualidad había leído mucho sobre los “populismos” cuyanos, el lencinismo y el bloquismo. Al principio, mi tesis de doctorado iba a ser sobre medios y política de masas antes y durante el peronismo. Pero pronto me tropecé con un el terremoto y me impresionó. Retomando mis inquietudes por ciudades y por el interior, vislumbré cómo el terremoto podría ofrecer un ángulo inesperado pero revelador sobre la historia del peronismo, de la arquitectura, y de la provincia misma.
Todavía dudaba un poco, hasta mi primer viaje a San Juan. Un taxista me preguntó qué hacía en la ciudad, le conté que venía a investigar el terremoto del 44 y me contestó “claro, cuando cayeron las iglesias y descubrieron todos los cadáveres de amantes e hijos que los curas tenían escondidos”. Ahí me di cuenta que sí había material para trabajar, y que había gran densidad política y cultural en la destrucción y reconstrucción material de la ciudad.
Un año más tarde encontré el incidente a que se refería el taxista: una operación de demolición y remoción de escombros al lado de la Catedral durante la campaña política de 1946 que descubrió unos cuerpos enterrados. Había una explicación inocente, pues la Catedral obviamente databa de una época anterior a los cementerios. Pero la anécdota señala cómo la materialidad de la ciudad viene cargada con muchos y complejos significados. Y ese fue el punto que me pareció interesante desarrollar: ver la reconstrucción de forma integral, como un tema a la vez técnico y cultural, político y social.
NQ:Perón y San Juan se trenzan en historias comunes luego del terremoto de 1944. La trenza tiene un hilo que ubica a San Juan en los comienzos de la deseada revolución social peronista. El otro hilo es la idea del peronismo como el encofrado de la historia de la provincia. Estos dos hilos estructuran un juego de luces y sombras en el análisis de la larga reconstrucción de la ciudad. Los alcances de las políticas peronistas son considerados polivalentes, y son así porque siempre vos los lees desde lo local. Los instrumentos de esas políticas no poseen en su naturaleza valor alguno (desde las viviendas de emergencia hasta el personal de estado) sino que el contexto los carga de sentidos. Pero eso que puede pasar como una tesis relativista para dar cuenta de la larga existencia del peronismo, en tu libro, tiene un momento inicial en donde no sólo existían distintas interpretaciones, sino que hubo un tercer hilo: planes, grandes planes, ensueños, que adoptaron la forma de una ciudad. Entiendo que es el desplazamiento de esos planes lo que puede ser pensado como límite del reformismo: el largo enterramiento de esos “pasados cargados de esperanzas”, como decís al final de tu libro. ¿Es así?
MH:Me gusta esa lectura, con los tres hilos entrelazados: cómo San Juan ayudó a forjar el peronismo, cómo el peronismo transformó a San Juan, y cómo influyeron los planes y debates de reconstrucción en ambos procesos. El primer desafío del libro fue simplemente mostrar la interacción entre esos tres hilos, que suelen ser vistos por separado, sobre todo por la tendencia a reificar al peronismo, de aceptar de antemano definiciones sobre sus contornos y alcances. Quería reintroducir al terremoto y la reconstrucción en la historia del peronismo, y reintroducir al peronismo en la historia de la provincia. Es evidente que San Juan finalmente no fue el caso ejemplar para la Nueva Argentina que algunos había soñado en 1944 y 1945. Pero también está claro que las esperanzas de transformación nacional del peronismo se basaron, en parte, en el terremoto como experiencia y la reconstrucción como proyecto. Ese momento, que un diario caracterizó como “la hora de la ciudad quimérica”, también fue el disparador de un proceso de profundos cambios.
Yo quería dar cuenta de la fuerza pero también la complejidad del momento de transformación después del terremoto, y del abanico de nuevos instrumentos de política pública que introdujo. Muchos no eran del todo nuevos: por ejemplo, el cantonismo ya había tenido planes de vivienda pública, que fueron frustrados y luego retomados en versión domesticada por los conservadores locales. Pero el conjunto de esas políticas, y el surgimiento de políticas de conjunto, sí fue nuevo, y clave. No sé si diría que no poseían valor alguno, pues casi todos venían asociados con modernidad y transformación. Pero lo crucial fue las distintas formas en que fueron recibidas, apropiadas y reformateadas localmente. Seguían teniendo implicancias radicales: la idea de reconstruir todo en hormigón implicaba una transformación económica y política mayor. Domar esa transformación, dirigirla hacia objetivos más controlables, fue el desafío más fuerte para las élites locales, sólo logrado muy a medias.
Cuando me refería a los “pasados cargados de esperanza”, en realidad me remitía a dos pasados, uno antes del terremoto, y otro inmediatamente después. El primero fue la década en que emergió el cantonismo, marcada por mucha violencia e inestabilidad pero también por propuestas innovadoras desde grupos muy variados, y el segundo fue la etapa posterior al terremoto, también marcado por un replanteo fundamental de ciudadanía, prosperidad, y territorio. El segundo momento se presentó como la superación del primero, tanto para los que antes habían sido reformistas como para los que habían resistido esas reformas tenazmente. Y la paradoja final es cómo esos dos momentos de reformismo más o menos radical logran transformar la ciudad y la provincia, pero a costo de perder cualquier posibilidad o aún la memoria de plantear una transformación más profunda.
Era importante para mí dar cuenta de cómo todo eso se vivió y se pensó desde lo local, sin nunca perder de vista que siempre fue un proyecto también nacional, un campo de experimentación con efectos muy variados. Quería mostrar una historia fiel a las ilusiones y desilusiones de la renovación que trajo el peronismo, tan intensa como parcial. Las denuncias panfletarias tienen un lugar en esta historia – denuncias del orden social que produjo el terremoto, de las demoras y pasos en falso de la reconstrucción, de manipulaciones y mentiras — y había que marcarlas, pero sin nunca hacer de eso el horizonte último de interpretación. Al contrario, mi objetivo era insistir en el desafío permanente de las ruinas, que seguían mostrando la necesidad de transformación a la vez que marcando sus límites.
NQ:Los “actores” que analíticamente se hallan distinguidos en el libro y que encarnan saberes técnicos, competencias estatales e intereses corporativos, muestran en sus prácticas el aura de la política y las marcas de las relaciones de poder. No se exhiben investidos de ciertas capacidades que les serían inherentes (imaginar para unos, hacer para otros, planificar, negociar, etc.) sino como parte de “drama sociales” en donde categorías que funcionan bien en el vacío se expresan bajo tensiones superpuestas. ¿Cómo maduró la idea de lo local en tu trabajo de investigación?

MH: Quisiera responder primero con una foto que finalmente quedó fuera del libro pero estuvo muy presente para mí durante toda la escritura. Muestra unos periodistas redactando sus notas en medio de un paisaje destruido (foto 1). Ellos están sentados en una mesa, con traje y sombrero, impecables, frente a máquinas de escribir. Alrededor de ellos han unos locales, escépticos, que podrían ser entrevistados o ayudantes o simplemente observadores. Y en el fondo, tenemos un paisaje derruido, un edificio que perdió su fachada y gran parte de su estructura, muebles recuperados y escombros por doquier. Creo que cualquier intento serio de dar cuenta del terremoto y la reconstrucción tenía que tomar en cuenta todos los elementos de esa foto: tanto los relatos y las ambiciones de los periodistas y otros expertos como su relación ambivalente con la población y la ciudad que quedaba.

Foto 1
healey, periodistas

Dos influencias muy fuertes en mi manera de encarar la reconstrucción fueron los estudios sociales de la ciencia y las etnografías del estado. Es cierto que no dejaron muchos rastros en términos de notas de pie, pero fueron fundamentales para mi en cuanto sugerían maneras de encarar la construcción social de la autoridad técnica y política. Tenía que dar cuenta de la fuerza retórica que tuvieron ciertas oposiciones de local versus foráneo, de tradicional versus moderno, sin convertir esas oposiciones en mis categorías analíticas. San Juan era una ciudad eminentemente moderna, construida con métodos poco modernos que resultaron poco adecuados frente al sismo. El terremoto destruyó la división de poderes, y aún la división de trabajo, que había existido en San Juan antes. Para reconstruir la ciudad, primero había que reimaginarla, y eso implicaba articular una nueva visión de lo moderno, con nuevas bases y alcances.
Entonces no bastaba con dar cuenta de los debates internos de cada campo, de arquitectos, abogados, ingenieros, bodegueros, o sindicalistas. Había que dar cuenta también de los cambios en cómo esos campos se relacionaban entre si.
Un ejemplo fundamental es la fuerza pero también los límites de la nueva autoridad de los arquitectos. No podía aceptarla como evidente, como la presentaban los mismos arquitectos, ni como obviamente excesiva, como sostenían sus críticos locales. Había que ver sobre qué se basaba, en términos de saberes técnicos, alianzas sociales, y propuestas específicas.
Casi una década antes del terremoto, el juez y luego senador Pablo Ramella, intelectual católico, conservador y finalmente peronista, lamentó que los sanjuaninos habían perdido “la voluntad de construir su ciudad” e insistió que “la ciudad hay que refundarla todos los días”. Eso que el pensó como una metáfora se hizo una dura realidad después del terremoto, y era esa tarea que quería retratar.

NQ:La escritura de algunos párrafos e incluso capítulos enteros deja entrever, aunque nunca se propone como grilla de interpretación, una mirada de mayor alcance que no olvida tiempos más prolongados, ritmos específicos de la región. La misma preocupación por una historia más encarnada puedo leer en la descripción del terremoto de 1944. No es algo frecuente en los estudios sobre el primer peronismo. Me parece que en términos muy generales , o bien se prefiere un enfoque de escala antes que microanalítico para la investigación sobre procesos situados en el interior del país, y así algunos enfoques han podido cotejar procesos (como la conformación de un plantel político) aún si han preferido no decirnos nada de la historia regional en la que se inscriben; o bien se adoptan perspectivas regionales que, al privilegiar la indagación sobre procesos particulares, apagan un poco la razón primera de la comparación. ¿Cómo maduraste ese enfoque, cómo fue el diálogo con las escrituras historiográficas académicas de Estados Unidos y de Argentina?
MH:La búsqueda de “una historia más encarnada”, en tu feliz descripción, es exactamente lo que me propuse. Reconozco que el drama inherente del terremoto y sus secuelas me facilitaba la tarea. Había que empezar por tomar en serio las memorias y las experiencias del terremoto y sus semanas inmediatas. Eso fue el primer paso para escaparse de la anécdota de Luna Park, digamos, y ver cómo el desastre se vivió localmente y de qué forma esas experiencias fueron transmitidas al resto del país. Muy rápidamente uno tropieza ahí con mucho que no encaja bien en el relato de ayuda estatal, desde la desesperación de la búsqueda y la violencia de la quema de los cuerpos hasta la dispersión de la evacuación y la monótona tragedia de la vida entre ruinas en los meses después. Creo que no se entiende ciertos fracasos de reformas sociales y políticos sin tener en cuenta esas vivencias. Hay que reconocer la innovación de los proyectos de vivienda, pero también lo precarios y problemáticos que resultaron ser los barrios de emergencia.
Pero desde la noche del terremoto, encontrás gente que recordaba el terremoto de cincuenta años antes, y lo recuerda como una oportunidad perdida. Una vez que se termina de remover una cantidad mínima de los escombros, el gran tema de debate es cómo poner en marcha de nuevo la producción de las bodegas. Ambas cuestiones remiten a escalas más largas de tiempo y política, al auge y la crisis del modelo vitivinícola y la provincia que forjó.
Entonces era evidente que pensar esta historia implicaba exceder, por lo micro y por lo macro, el formato que estaba emergiendo para estudiar el peronismo en el interior. También me pareció cada vez más claro que este momento de grandes ambiciones y terribles tragedias y falencias influyó en el curso que tomó el peronismo, no sólo en San Juan sino también en la nación.
¿Qué pistas tomé de otras literaturas? Fueron fundamentales para mí varios otros estudios de desastres, tanto por los procesos que analizaban como por su método de análisis. También fueron cruciales algunos estudios sociales de la ciencia, etnografías del estado, y etnografías del desarrollo (o sea, de “development”) para ver cómo pensar la construcción social de la autoridad técnica y del poder político, tan cruciales en esos momentos.
NQ:Susan Buck-Morss, en Mundo soñado y catástrofe, habla sobre el concepto de “imaginario político” concebido por un filósofo ruso (Valerii Podoroga). Dice que en ruso el término es topográfico e icónico, en sentido estricto. Más que una lógica política es un panorama político. Hay muy buenas conversaciones en la historiografía argentina en las que los mapas de ciudades, barrios y edificios ocupan un lugar destacado en la conformación de un clima de época o de sentidos particulares del habitar. Tu libro participa de esa conversación pero también incorpora una serie de fotografías que establece parámetros precisos para abordar las batallas de arquitectos e ingenieros, y para reflexionar sobre la idea de ciudad en las pugnas políticas. Las fotos de un asentamiento o las de las visitas de Sosa Molina a los barrios de emergencia o incluso la foto protocolar del primer gobernador peronista me permitieron reordenar un debate que, sin esos testimonios de época y región, pudo haberse convertido en un caso tardío o morigerado de enfrentamiento entre visiones modernas y tradicionales. ¿Es esto un efecto de lectura o formó parte de tus preocupaciones al seleccionar el corpus de materiales visuales del libro?
MH:Siempre quise incorporar imágenes, pero cuando escribí la tesis sólo tenía algunas cosas sacadas de recopilaciones. Fue recién cuando empecé a revisar para el libro que pasé un bueno ratos en el archivo fotográfico del AGN y en colecciones privadas. Aprendí muchísimo de buscar las fotos del terremoto y después, de pensarlas como fuentes y usarlas como disparadoras de ideas, y quería incorporar algo de eso al texto. Fue muy provechoso, desde cuestiones menores pero útiles como ver la cara y la forma de actuar en el escenario de personajes importantes de la provincia hasta cuestiones más centrales como las formas en que el desastre fue representado y entendido.
Creo que dan un contrapunteo interesante con los testimonios de destrucción, por ejemplo, porque registran sus alcances pero también sus límites, las paredes y los edificios que sobrevivieron, aunque de forma fragmentaria. Sobre todo creo que sirven para dar una visión más encarnada, si se quiere, de la experiencia de vivir entre escombros, en condiciones precarias. La foto de los periodistas que mencioné recién es un ejemplo, pero hay muchos otros que sí están en el libro.
Por otro lado, desde temprano tenía claro que un desafío clave del libro era cómo dar cuenta de las distintas formas de pensar e imaginar una modernidad provinciana y periférica. Había mucho de “tradicional” en San Juan antes del terremoto, desde sus adobes hasta sus cafés y sus plazas, pasando por las formas de sociabilidad y política. También habría muchas, y fundadas, críticas a ese mundo tradicional después del desastre. Pero en sus aspectos más importantes, su desarrollo económico y político, San Juan era un lugar sumamente moderno, producto del ferrocarril y la industria vitivinícola. Entonces había que buscar maneras de dar cuenta de la fuerza de esa oposición pero también de sus pliegues y muchas limitaciones. Para esto fueron cruciales las imágenes de San Juan, del antes y después, desde las fotos hasta los planos de futuros posibles.
No quería que las únicas imágenes del libro fuesen solo proyectuales o testimoniales, dibujos arquitectónicos o registros fotográficos. Al contrario, quería sugerir los cruces y contrapuntos que se establecían entre esas distintas formas de visualizar la casa, la ciudad, el desastre y el futuro. Espero que de esa manera se puedan entender mejor la creatividad de muchos de los arquitectos, pero también su fracaso en términos de comunicación.
Un aspecto esencial del fracaso de la reconstrucción radical fue la incapacidad de los arquitectos de ganar a la mayoría de la población para su visión del futuro. Hay motivos políticos para explicar eso, y también cuestiones de retórica y de timing. Pero no hay que descartar el fracaso gráfico. Esto es más notorio en 1945, cuando el equipo de Mendióroz presenta como un “plan” un dibujo abstracto de las calles de la ciudad, sin edificios ni explicación, que desata un poderoso movimiento de oposición. Había otras representaciones gráficas más exitosas, pero generalmente vinieron más tarde, para presentar proyectos menos ambiciosos. En todo caso es un fracaso revelador, sobre todo si uno piensa en el tremendo éxito que tuvo la cultura visual peronista en general, como han mostrado Marcela Gené y otros.
Todavía me quedan ganas de hacer más con las fotos del terremoto. Tomemos dos casos, por ejemplo.

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La primera secuencia es de abril de 1944, registros de un giro del entonces interventor Sosa Molina por viviendas de emergencia. Hay tres fotos, dos de las cuales usé en el libro. La primera es de un rancho improvisado en Albardón, y la familia que vivió allí. La segunda es de una vivienda en uno de los barrios de emergencia más grandes, creo que el Capitán Lazo, con algunos de los nuevos residentes. La tercera es de una vivienda en un barrio de emergencia más chiquito, construido entre árboles en un terreno más estrecho, no la gran extensión del Capitán Lazo. Esa tercera es tal vez la menos interesante, aunque reside algún interés en eso mismo. Es notable que la foto del barrio más privilegiado, en términos relativos, es la que menos se ha pensado como escenografía política.
La primera y la segunda tienen una intencionalidad política clara, de mostrar las condiciones lamentables en que vivían muchas familias y la mejora evidente que representaban los barrios de emergencia. Si te fijás, verás que es la misma familia en el centro de las dos: se está retratando su traslado. Sin embargo, como fuentes ambas fotos exceden ese marco. Lo notable de la primera, para mí, no es la precariedad sino la entereza del rancho, otra señal de la capacidad de respuesta popular que la reconstrucción, en general, no supo aprovechar. A diferencia de otros momentos en la historia del peronismo, aquí el saber y la participación popular fueron más bien ignoradas.
Hay dos cosas de la segunda foto que me llaman poderosamente la atención. Por un lado es notable cuánta gente hay. La vivienda le queda chica a la familia que la recibe: en el momento en que uno de los objetivos de la naciente política de vivienda es combatir el hacinamiento, esta vivienda es hacinada desde el vamos. Más allá de esa familia, la impresión que da la foto no es un proceso de ubicación ordenada de familias necesitadas, sino de un desborde de gente. También es notable la diferencia de clase, y de piel, entre los funcionarios y los nuevos residentes del barrio. Siento que la foto es una invitación a repensar el lugar de cuestiones raciales en el peronismo, tarea crucial a la que tantos se están abocando ahora

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La segunda secuencia es de enero de 1946. En el segundo aniversario del terremoto, la Unión Democrática saca un anuncio de toda una página con una foto de escombros y el texto “San Juan Espera Todavía”. Por esos días, La Nación manda uno de sus fotógrafos a retratar la vida en la ciudad todavía destruida. No sé si alguna salió publicada, y tampoco sé si las que están en el archivo del diario son todas las que sacó. Por ejemplo, me llama la atención que no sacó fotos de los barrios de emergencia, porque eran el aspecto más controversial de la actuación del gobierno en esos días. Puede que haya habido fotos, que se perdieron, pero no me parecía. En las fotos que sí quedaron la ciudad tiene aspecto de ciudad abandonada, como corresponde a la retórica del momento. Influye mucho en eso el hecho de que fueron tomadas a la hora de la siesta, en pleno verano. Pero no deja de ser notable cómo el fotógrafo pensó que, para que la denuncia resultara efectiva, la ciudad tenía que mostrarse despoblada.
Otra de esa misma secuencia que me pareció muy potente es la foto de un rancho armado en una esquina. No he visto muchas fotos de esas construcciones precarias, aunque por testimonios sabemos que hubo muchas. Es un pequeño rancho armado entre los escombros de una casa caída. Pero lo notable son las propagandas políticas, sobre todo del laborismo. Seguramente el fotógrafo pensó que era pura ironía una foto de ruinas con un rancho y el eslogan laborista de “Una nueva conciencia en marcha”. No cabe duda que capta una frustración evidente en 1946. Pero tantos años después, tampoco cabe duda que efectivamente hubo más potencial ahí que lo que parecía, y esa conciencia, nueva y también vieja, terminaría por moldear otra provincia.

NQ:¿Qué estás investigando en la actualidad; cuáles son tus proyectos?
MH:Ahora estoy trabajando en varias cosas, siguiendo por separado algunos hilos que se unieron en San Juan. Estoy escribiendo sobre algunos aspectos de la historia política de los desastre, de arquitectura y urbanismo, y por supuesto sobre peronismo. Pero principalmente estoy volcado a un gran proyecto sobre la historia política y ambiental del agua en Argentina, sobre todo en Cuyo, que surge de cómo llegué a apreciar que el manejo del agua es la base de la gobernabilidad (y de mucho más) en la región.

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