Un sitio de moda: El Café

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Durante la primera mitad del siglo XIX, los Cafés fueron una novedad y concentraban una maravillosa gama de tipos mexicanos, como recuerda Guillermo Prieto en sus memorias. Se podía ir desde muy temprano en la mañana, hasta ya muy entrada la noche.

El  carácter de este espacio lo definía el transcurso del día y las personas que lo visitaban, pues con las primeras campanadas que se escuchaban en todos los rincones de la Catedral, comenzaba una nueva la jornada y los Cafés recibían a los paseantes y transeúntes con una taza caliente de café, chocolate o atole. Había también desayunos, almuerzos, fiambres y tentempiés.

Toda clase de personas se acercaban a los Cafés por las mañanas y al medio día para realizar parte de sus actividades rutinarias.  Las carretas salían del “Café Paoli” rumbo a Tacubaya. Este Café se ubicaba en la Segunda Calle de Plateros, en el número 3, hoy Francisco I. Madero, casi esquina con Isabel la Católica. Se escuchaba el clac clac de los cascos de los caballos junto a su andar apesadumbrado y lento. Piafaban distraídos y no mostraban ninguna reacción mientras hacían sus necesidades en las calles empedradas.

Una señora se queja con su marido de que su botín se ha llenado de estiércol. Éste le reclama al cochero, quien mira a la dama con desdén:

Usté dispense, señorita. El caballo no tiene modales.

-Aquí nadie tiene modales.- Exclama la señora, limpiando su bota sucia con el pañuelo del marido.

Si este Café fuera de los más lujosos, como “La Bella Unión” lo fue en su momento, probablemente contaría con mesas de billar, y varios de los presentes estarían entretenidos en una partida de ajedrez o en una acalorada discusión sobre cualquier tema controvertido.

Este hotel, que contaba con un Café, se encontraba en la esquina de Refugio y Palma. En una de las mesas encontraríamos los periódicos del día; El Siglo Diez y Nueve estaría entre los más socorridos. La decoración, para beneplácito de los parroquianos, sería ostentosa y elegante, con adornos en el techo y las paredes; la vajilla de porcelana y los cubiertos de plata.

Los visitantes que encontraríamos al interior formarían parte de lo más granado de la sociedad, como los comerciantes que mantenían uno o varios negocios en los alrededores del Zócalo -almacenes, cajones de ropa, mercerías y otros comercios que vendían artículos de lujo y de importación-; otros probablemente se desempeñarían como prestamistas o serían dueños de una hacienda en las afueras de la ciudad.

Si por casualidad llegáramos a un Café menos elegante como “El Cazador”, quizá nos encontraríamos con un buen número de mesas y bancos de madera repartidos por la pieza con cierta displicencia. Al atardecer los negocios aledaños irían cerrando sus puertas y los banquitos maltrechos se arrimarían hasta afuera del lugar, donde habría farolitos prodigando su luz en los rincones más oscuros.

Se escuchan carcajadas y gritos al interior. Alguien vocifera con cólera. Vuela un banco sobre la cabeza de un militar retirado que responde con dos golpes secos en la barbilla de un cesante[1]. -La política y la mistela[2] son malos aliados.- Profiere un petimetre[3] desde las sombras.

“El Cazador” estaba ubicado en el Portal de Mercaderes, hoy 16 de septiembre y Francisco I. Madero. Actualmente afuera del local hay una placa que rememora su presencia.

Los Cafés de la ciudad lograron concentrar un amplio abanico de tipos mexicanos y en ellos se hablaba de política, religión y otros temas polémicos. La gente de letras de la época se reunía en  para gozar de una taza de café y de una buena conversación. Fernando Orozco y Berra, Manuel Payno, Juan de Dios Peza y Guillermo Prieto fueron algunos de los escritores que retrataron los ambientes que se sucitaban dentro y fuera de estos espacios.

Aunque las dinámicas al interior han cambiado, y hoy no es una novedad ver a una señorita en este tipo de comercios, podemos considerar que para la época pocas mujeres frecuentaron estos establecimientos. Las que lo hacían, en más una ocasión fueron vistas con recelo por las demás damas de sociedad y por algunos caballeros que consideraban que las mujeres debían ceñirse a las labores domésticas.

Tras muchas historias dentro y fuera de los Cafés, estos lugares pervivieron los embates del tiempo y hoy más que nunca, están vigentes dentro de nuestra sociedad.


[1] Hombre dedicado a la política pero que de momento se ha quedado sin trabajo.

[2] Bebida alcohólica hecha a base de mosto de uva, muy socorrida en la época.

[3] Del francés petit maître –señorito- persona muy preocupada por su aspecto físico y por seguir las modas.

 

 

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Author: Victoria

Licenciada en Historia por parte del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Ha estudiado la ciudad de México y sus espacios de sociabilidad en la primera mitad del siglo XIX.

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