El mito de Venezuela como moderna nación petrolera

| 2 Comments

El siguiente texto posee fragmentos de una ponencia presentada en Berlín el 11 de septiembre de 2014 en el Congreso de Historiadores Latinoamericanistas Europeos (AHILA 2014).

 

 

En el pasado congreso de historiadores latinoamericanistas europeos realizado en Berlín me preguntaba una colega noruega: ¿qué es lo que hace especialmente atractivo el período de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela (1952-1958), en el contexto de la historia latinoamericana?

 

Lo que que sigue es una parte de la respuesta:

 

El período es significativo porque allí pueden observarse claramente los elementos que cimentaron los discursos en torno a Venezuela como “moderna nación petrolera“. Y de cómo esta construcción discursiva logró posicionar la “excepcionalidad“ de Venezuela en el paisaje socio-económico latinoamericano y proyectarla a escala global.

 

En este sentido, la dictadura de Pérez Jiménez hizo suyo el programa trazado por el American New Deal para emprender un ambicioso plan de obras públicas financiado con los abundantes recursos que proveía la creciente industria petrolera. La apelación recurrente a las nociones de “modernidad“ y “progreso“ que acompañaban el programa, basado en el principio de “la transformación racional del medio físico“, hicieron que “la nación venezolana se tornara un constructo visible, una apariencia concreta“ que propagaba la imagen de un país inexistente, o sólo visible para la élite política, militar y económica que giraba en torno a los negocios del enclave petrolero (Coronil 1997/2002: 194-198).

 

Este imaginario del progreso tuvo una rápida expansión como resultado de los intercambios globales propiciados por la nueva geopolítica del poder surgida tras la Segunda Guerra Mundial, los intensos intercambios financieros transnacionales que impulsan la industria del petróleo, y los originales flujos propios de los medios de comunicación de masas que muy tempranamente se instalaron como tecnología en el país, al igual que en el resto de América Latina.

 

Resumiendo un poco la respuesta que di a la colega, mi tesis es que al menos cuatro fueron los pilares que soportaron la articulación del dispositivo publicitario favorable a la dictadura y a la consolidación de las narrativas de Venezuela como moderna nación petrolera:

 

  • La necesidad de la dictadura de articular un programa y, sobre todo, un discurso que legitimara su existencia en el escenario político venezolano.
  • La prioridad concedida por los Estados Unidos a la consolidación del statu quo en el continente, ante el temor de la amenaza comunista del período inmediatamente posterior a la segunda posguerra. Una circunstancia que permitió en América Latina la coexistencia de regímenes dictatoriales de diverso tipo, aliados a Washington y al resto de las potencias occidentales.
  • El apoyo político y financiero concedido a la dictadura por las trasnacionales del petróleo, interesadas como estaban en afianzar sus actividades en Venezuela, uno de los más importantes exportadores de petróleo del mundo.
  • El imaginario popular tejido por una original cultura de masas, que fue extendiéndose por medio de la literatura, la prensa, la radio, el cine y la televisión; mediadores que impulsaron a escala global los relatos del progreso ambientados en el paisaje venezolano. 

 

“La transformación racional del medio físico“ como discurso legitimatorio de la dictadura

 

La dictadura se trazó desde el principio dos objetivos fundamentales: 1. Establecer un nuevo orden político que anulara toda disidencia y le permitiera obtener un control ilimitado sobre los cuantiosos recursos del petroestado. 2. Promover obras públicas de importancia como objetivo estratégico de su programa político, en la idea calcada del American New Deal, según el cual, una agresiva intervención del Estado podría ayudar a superar las desigualdades características de la sociedad venezolana.

 

Al intentar evadir la política de los partidos, los hombres que ejercieron el poder desde 1948, y más aún desde 1952, se concentraron entonces fundamentalmente en reprimir las fuerzas políticas y en la realización -y amplia difusión mediática- de una obra física visible. De esta forma, el gobierno pretendió incorporar la modernidad a Venezuela por medio de lo que entendía era una “transformación racional del medio físico“, al tiempo que suprimía todas las libertades individuales y se mantenían represadas las reformas políticas y sociales surgidas tras el fin de la dictadura gomecista.

 

La búsqueda de la modernidad se concentró entonces en la construcción de sus símbolos visibles más opulentos, y no en la modernidad misma. Fue así como hoteles de lujo, balnearios, autopistas, centrales eléctricas y otras obras públicas se pretendieron no sólo como símbolos, sino también como causas del progreso. “Se creía que transplantándolos de los centros metropolitanos al atrasado suelo local, estos fetiches de la modernidad traerían el progreso a Venezuela“ (Coronil 1997/2002: 194).

 

De esta forma, la visión de la dictadura no se expresaba de modo programático, sino más bien de modo pragmático (idem) y, sobre todo, es necesario recalcar, de modo publicitario. De allí que la construcción de estos íconos externos de la modernidad fuera acompañada de su masiva representación en los medios de comunicación, que apuntalaron la creación de un mito, según el cual Venezuela era un país muy rico en camino de alcanzar el desarrollo. Un discurso que ocultaba otra realidad: la de un país que seguía siendo muy pobre, mientras el Estado, por una coincidencia geológica, se había convertido repentinamente en millonario como propietario y administrador de la renta petrolera.

 

El cimiento ideológico de “la moderna nación del petróleo“ se basó entonces fundamentalmente en un conjunto espectacular de obras realizadas por la dictadura, y no en un programa orgánico que implicara una transformación profunda, ya no solo del paisaje, sino también de las causas estructurales que hacían de Venezuela una nación mayoritariamente pobre y atrasada. De allí el vacío de frases características de los noticiarios cinematográficos de la época: “país del futuro“, “ciudad del futuro“, “nación de progreso“, “booming republic“, “boom town of southamerica“, “país del progreso“, etc. Como afirma Coronil, “sin un programa claro de desarrollo, pero con abundantes recursos monetarios, el gobierno de Pérez Jiménez se dio a la tarea de comprar el progreso“ (1997/2002: 199). De esta forma, no se avanzó tanto en alcanzar la modernidad, pero sí en producir el mito de que ésta se encontraba al alcance de la mano.

 

Fue esta la ruta que marcó la transformación de Caracas en un centro del turismo y la arquitectura internacional, que fue parte importante del mecanismo de promoción que permitió posicionar a través de los medios la idea de Venezuela como moderna nación petrolera.

 

 

(“Venezuela’s “Utopia” City“. British Pathé. Noticiario Pathé News. 1954. Disponible en: http://youtu.be/Tczq1mvStU0?list=PLQCbBE-WEwh-GY9yY_zL0W-u57mtGrr5O)

 

La defensa del statu quo ante la amenaza comunista

 

Para comprender a cabalidad cómo ocurre la expansión del mito de la “moderna nación del petróleo“ es necesario recordar que los principios que rigieron la expansión occidental a todo lo largo de la segunda parte del siglo XX, estuvieron determinados por el criterio marxista y weberiano que supone que el progreso de la sociedad es un proceso a través del cual emergen la empresa capitalista y el Estado moderno.

 

Estos principios, que tuvieron su punto de partida en la oposición modernidad/tradición, alcanzaron su mayor auge en los países del denominado “Tercer Mundo“ durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial (Adas 2003: 35); cuando en el marco del conflicto “Este-Oeste” y ante el temor a la expansión comunista, los fundamentos de la democracia liberal norteamericana del American New Deal, las tesis económicas de Keynes y las teorías del crecimiento del norteamericano Walt W. Rostow se transformaron en el programa occidental para el progreso (Frank 1972, Resasade 1984, Franco 2002, Engerman 2003, Haefele 2003).

 

La ecuación era simple: en oposición a “tradición”, “modernidad” era igual a desarrollo. Y el desarrollo era sólo posible como resultado de una correcta industrialización capitalista. El conjunto es apreciable en los planteamientos de Rostow (1952), quien propuso un modelo lineal de caracterización económica de las sociedades, que en el período de la segunda posguerra devino paradigmático en las ciencias sociales norteamericanas.

 

Así, partiendo de un modelo tomado de la sociología, recorrió el planeta entero como fórmula calcada de la experiencia norteamericana, en los intentos por demostrar que alcanzar el progreso era sólo cuestión de tiempo bajo la alquimia capitalista moderna. La fórmula halló eco en América Latina, al igual que en otros países de la periferia global. Y sobre todo, tuvo especial auge como programa ideológico desplegado por el gobierno norteamericano, que ofreció al “tercer mundo“ la esperanza de deshacerse para siempre del pesado lastre “tradicional” (Gilman 2003: 57).

 

Las ideas del “desarrollo hacia adentro“ propuestas por Raúl Prebisch en el marco de la CEPAL, fueron también determinantes en esta concepción del papel del estado como motor del progreso asociado a la modernidad occidental. Aunque la mayor parte de los estudios vinculan el programa de Pérez Jiménez mucho más a las ideas de Rostow, acogidas también por otros regímenes autoritarios latinoamericanos durante las décadas del sesenta y el setenta del siglo pasado.

 

Efectivamente, el programa de la modernidad y el progreso fue calcado al pie de la letra por la dictadura. Algo que, sumado a la condición estratégica de Venezuela como suplidor energético, convirtió al país en aliado privilegiado de las potencias occidentales, en su trabajo de contención de los movimientos nacionalistas poscoloniales y los partidos vinculados al comunismo y la izquierda internacional que comenzaban a emerger por todas partes del mundo.

 

No es casual entonces que el aparato propagandístico norteamericano haya permitido posicionar a Pérez Jiménez como presidente de una nación encaminada al progreso. Y que como líder fundamental de la crúzada anticomunista en América Latina haya sido condecorado por los gobiernos de Francia y los Estados Unidos.

 

People and Petróleum: las empresas transnacionales y el mito del progreso

 

El 20 de noviembre de 1910 comienza oficialmente la revolución méxicana. Un proceso que, entre otras cosas, condujo veintiocho años después a la nacionalización de la industria petrolera en ese país. Y como consecuencia de ello a un replanteamiento estratégico, por parte de las transnacionales del petróleo, sobre las condiciones en que operaba el negocio petrolero en América Latina, Africa y el Medio Oriente.

 

El fracaso que significó la nacionalización mexicana en 1928 y la crisis producida con la nacionalización del petróleo iraní en 1951 obligó a las grandes empresas petroleras a replantear su forma de abordar el negocio y, sobre todo, las relaciones con los gobiernos que, como el de Venezuela, eran propietarios absolutos de los yacimientos petroleros nacionales. Para ello abandonaron parcialmente los métodos de fuerza, poniendo especial énfasis en la elaboración de una estrategia persuasiva que buscaba orientar a la clase política y a la opinión pública sobre el papel de la industria petrolera como motor del progreso y fuente de prosperidad.

 

Se trataba así de facilitar la integración de los valores e intereses de las empresas petroleras a las estructuras políticas, sociales y culturales del país, evitando por todos los medios los conflictos que en México e Irán habían puesto en jaque los intereses de la industria.

 

De esta estrategia surgieron algunos de los más importantes programas informativos al servicio del programa del progreso, así como también una parte del financiamiento para la instalación de los propios medios de comunicación en Venezuela. Entre otros programas, vale recordar: El Reporter Esso, un noticiero radiofónico creado por la Eastern States Standard Oil (Esso) en la década de los cuarenta, que transmitía de manera descentralizada en Argentina, Brasil, Chile, Perú y Venezuela. Y el Observador Creole, primer noticiero de la televisión venezolana, producido por la Standar Oil de New Jersey, propiedad de Nelson Rockefeller.

 

Las empresas apuntalaban la dictadura, y ésta a su vez les correspondía. Por ello Pérez Jiménez no solo disolvió los sindicatos y suprimió el derecho a huelga, sino que evitó abordar cualquier proyecto de crear una empresa petrolera nacional, cediendo a las transnacionales el monopolio de la extracción, refinación y comercialización del petróleo dentro y fuera del país. La dictadura, que no contaba con legitimidad popular, sino con el apoyo y sustento de las élites económicas nacionales e internacionales, no se interesó nunca en obtener más beneficios por la aplicación de impuestos a la explotación petrolera. Por el contrario, fue siempre complaciente en el otorgamiento de mayores beneficios al sector empresarial y financiero. Y este a su vez favorecía el enriquecimiento de la cúpula militar y la construcción de una imagen internacional del moderno y estable paraíso petrolero.

 

El resultado de esta confluencia de intereses hizo que Venezuela se convirtiera en uno de los más importantes mercados para las inversiones y los productos norteamericanos. Fue así como la base material generada por el petróleo consolidó una relación duradera entre el capital venezolano y el capital norteamericano en favor de la industrialización del país, que consolidó a su vez la imagen positiva de la dictadura.

 

 

 

People and Petróleum. Fragmento de un documental de la U.S. Information Agency sobre la historia de la Creole, filial de la Standard Oil Corporation en Venezuela. Tomado de los US National Archives. Disponible en: http://youtu.be/7uQubc5a_PI

 

La nación del petróleo en el imaginario y la cultura popular

 

Tomás Straka me ha hecho recordar los trabajos de Marc Ferro y Marc C. Carnes, para indicarme que la elaboración de los mitos solo requiere de la supresión de la historia. Y que la construcción de la historia no deja nunca de reconstruirse a partir de la creación y durabilidad de los mitos.

 

La historia ha mostrado también que el cine ha jugado un rol central en la construcción de narraciones, que impulsadas a escala masiva por los medios de comunicación tienden a transformarse en imaginarios colectivos. A veces estas narraciones son el resultado de operaciones premeditadas, cuyo fin no es otro que legitimar a quien las provee. Pero en otros casos surgen también de forma espontánea. Y en ambas operaciones, de forma consciente o no, las masas suelen actuar aceptándolas como ciertas.

 

Hoy es evidente que la expansión de los relatos de la nación petrolera no ha sido únicamente resultado de una articulación premeditada, sino también consecuencia de una producción de textos en el ámbito de la cultura popular que han reforzado su existencia.

 

Las ciencias sociales han mostrado ya que fueron las ficciones literarias y cinematográficas las que aportaron los primeros acercamientos a la idea de la nación del petróleo en perspectiva sociocultural, incluso, en algunos casos, como antecedente de los discursos que la dictadura de Pérez Jiménez se afanó en desarrollar algunos años después. De esta manera, La hermana impura, de José Manuel Puig (1927), Mancha de aceite, de César Uribe Piedrahita (1935), Mene, de Ramón Díaz Sánchez (1936), Guachimanes, de Gabriel Bracho Montiel (1954), Los Riberas, de Mario Briceño Iragorry (1957), Oficina N° 1, de Miguel Otero Silva (1960), o el filme El salario del miedo, del francés Henry-Georges Clouzot (1953), entre muchos otros; consiguieron realizar tempranamente una reconstrucción de los radicales cambios de mentalidades, esquemas de experiencia y expectativas sociales, que como resultado de la explotación del petróleo y el ingreso a una novedosa fase de globalización se estaba produciendo en Venezuela, al mismo tiempo que en otras sociedades latinoamericanas, norteamericanas, nórdicas, árabes y africanas.

 

A partir de estos textos la expansión de la noción de Venezuela asociada al imaginario petrólero ha corrido imparable en numerosas películas documentales y de ficción, que han construido un relato de la nación de la misma forma que se construyó el enclave petrolero, como un espacio limitado y excepcional, aislado de la compleja realidad nacional.

 

 

(Fragmento de Some Like It Hot (Billy Wilder, 1959) (titulada en Hispanoamérica Una Eva y dos Adanes; y en España: Con faldas y a lo loco). Escrita por Robert Thoeren y Michael Logan. Protagonizan: Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon.)

 

Cierre

 

El 23 de enero de 1958 un movimiento encabezado por una alianza de partidos políticos y sectores militares logró derrocar la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. A partir de ese momento una febril actividad de reconstrucción de la memoria se instauró en distintos escenarios del país. La nueva democracia trataba de recuperar aquello que había sido invisibilizado. Las torturas, los secuestros, las desapariciones…

 

No obstante, el programa político denominado “Alianza de Clases“ permitió que el nuevo gobierno rápidamente estableciera vínculos con los grupos económicos que habían sostenido la dictadura, y con el mismo gobierno norteamericano que había sido soporte y tutela del dictador. Fue así como se produjo un cambio radical en la política informativa internacional que había sido pilar fundamental de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Y los mismos noticieros que unos meses antes alababan la eficiencia del Presidente, ahora se referían a la fortuna mal habida del ex-dictador.

 

Pero el carro cargado con los relatos y recuerdos de una era de progresos se había echado a andar. Por lo que los ecos del recuerdo, alentados por sus íconos fundacionales más visibles, continúan ejerciendo una labor silenciosa que alimenta a la distancia del tiempo las nostalgias de una era pretendidamente moderna.

 

No obstante, si algo han podido mostrar los procesos más recientes de la historia venezolana, es que el tan anhelado progreso, la modernidad que inspiró a toda clase de regímenes democráticos y dictatoriales a lo largo del siglo XX, no fue más que una ilusión. Una costosa narración tan solo sostenida por los enormes recursos que proveía la industria petrolera.

 

Referencias bibliográficas:

Coronil, Fernando. 1997/2002. El Estado mágico: Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela. Caracas: Nueva Sociedad.

Castillo D’Imperio, Ocarina. 1990. Los años del buldozer. Ideología y Política (1948-1958) Caracas: Fondo Editorial Tropycos, Asociación de Profesores UCV, CENDES.

Engerman, David. 2003. “West meet East: The Center for Studies and Indian Economic Development”, en David Engerman et al. Staging Growth: Modernization, Development and the global Cold War. Amherst and Boston: University of Massachusetts Press, 199-224.

Franco, Jean. 2002. The decline and fall of the lettered city: Latin America in the Cold War. Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press.

Frank, Andre Gunder. 1972b. “Sociology of Development and Underdevelopment of Sociology”, en J. Cockcroft et al. Dependence and Underdevelopment: Latin America’s Political Economy. New York: Anchor Books, 321-397.

Gilman, Nils. 2003. “Modernization Theory, the Highest Stage of American Intellectual History”, en David Engerman et al. Staging Growth: modernization, development and the global Cold War. Amherst and Boston: University of Massachusetts Press, 47-80.

Haefele, Mark H. 2003. “Walt Rostow’s Stages of Economic Growth: Ideas and Action”, en David Engerman et al. Staging Growth: Modernization, Development and the global Cold War. Amherst and Boston: University of Massachusetts Press, 81-103.

Resasade, Hadi. 1984. Zur Kritik der Modernisierungstheorien. Opladen: Leske Verlag.

Rostow, Walt Whitman. 1952. The process of economic growth. New York: Norton.

Profile photo of Manuel Silva-Ferrer

Author: Manuel Silva-Ferrer

Manuel Silva-Ferrer, egresado de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela y doctor en filosofía y estudios de América Latina por la Freie Universität Berlin. Investigador en el departamento de historia del Lateinamerika-Institut de la Freie Universität Berlin. Es autor del volumen El cuerpo dócil de la cultura: Poder, cultura y comunicación en la Venezuela de Chávez, (Iberoamericana-Vervuert, 2014). En la actualidad desarrolla un proyecto de investigación titulado “Los paisajes del petróleo: globalización, cultura y sociedad en torno al enclave petrolero en América Latina y el Caribe“.

2 Comments

  1. Coincido con Manuel en que la dictadura de Pérez Jiménez resultó ser la apoteosis del discurso progresista en Venezuela. Sin embargo, la modernidad no fue sólo ilusión, y el “progreso” formó parte del ideario nacional desde la segunda mitad de los 1920s. En este sentido podemos descubrir una continuidad entre todos los gobiernos, democracias y dictaduras, a través del siglo XX. Copio aquí la entrevista que le hice a Carlota Pérez sobre su modelo de “Oleadas de Desarrollo”, que a mi modo de ver es muy útil para interpretar esa etapa de nuestro país. También coloco el vínculo al PDF en la página de la investigadora. Saludos

    http://www.carlotaperez.org/downloads/media/EntrevistaCP_ElMundoCcs.pdf

    ¿Viene una nueva época de bonanza?

    Así lo sugiere, tras la caída del comunismo, el estallido
    de la burbuja de Internet y el colapso financiero de 2008, el modelo de las Grandes
    Oleadas tecnológicas de Carlota Pérez, investigadora venezolana en las universidades
    de Cambridge y Sussex, Inglaterra. Para América Latina podría ser una gran
    oportunidad. Pero nada es seguro, y el camino está lleno de riesgos.

    Su concepto del
    “cambio de paradigma tecno-económico” fue hecho moneda corriente por la
    estrategia tecnológica de la
    Unión Europea, y su trabajo sirve de herramienta estratégica
    a IBM, Cisco Systems, Ericsson, y a diversos gobiernos u organismos como la OECD y la CEPAL. Carlota
    Pérez trasciende todo dogmatismo, sea marxista o neo-liberal, como al sostener que
    la sustitución de importaciones sí produjo resultados positivos en América
    Latina, antes de agotarse. Invitada a Cambridge a raíz de la publicación en
    2002 de su libro “Revoluciones tecnológicas y capital financiero”, nos habla
    desde Inglaterra de las perspectivas en este incierto período post-crisis.

    • ¿Cuándo comenzó a
    investigar la influencia de la tecnología en los ciclos económicos?

    Analizando en la UCV, a mediados de los 70, las
    causas estructurales de la crisis energética, descubrí que el petróleo barato
    era esencial para el modelo de consumo: materiales petroquímicos para los
    productos mismos; refinados de petróleo para mover vehículos, aviones y
    tractores; derivados de petróleo o gas para producir electricidad y energía,
    consumida en enormes cantidades por el acero, el aluminio, el cemento, el
    papel. Si el precio subía radicalmente, el patrón tecnológico apuntaría a una
    reducción del consumo energético. Pronto descubrí el poder transformador de la
    microelectrónica y concluí que
    .desplazaría al petróleo como principal moldeador del rumbo de la innovación.
    De allí en adelante fue natural estudiar las revoluciones tecnológicas y su
    conexión con los grandes ciclos descritos por Kondratieff y Schumpeter.

    • ¿Cuál es el eje central de su modelo de
    Grandes Oleadas de Desarrollo?

    Es común pensar que
    el avance tecnológico se da de manera continua, pero he descubierto que ocurre
    en Grandes Oleadas sucesivas, impulsadas por revoluciones tecnológicas, que
    acaban conformando lo que llamo “paradigmas tecno-económicos”. Cuando el
    potencial de cada una de éstas llega al agotamiento, se dan las condiciones
    para que surja la siguiente. La revolución del automóvil, el petróleo, la
    electrificación universal y la producción en masa, se inició en 1908 con el modelo-T
    de Ford y se agotó a comienzos de los setenta. Allí, con la aparición del
    microprocesador de Intel en 1971, surgió la revolución informática, cuya gran
    oleada está a medio camino.

    El eje del modelo
    es la secuencia pendular que siguen estas oleadas. La primera mitad es la fase
    de instalación, regida por el capital financiero en condiciones de libre
    mercado y con mínima intervención del Estado, hasta que se da una gran burbuja
    financiera y un gran colapso. En la segunda mitad, el poder decisorio vuelve a
    manos del capital productivo con el apoyo del Estado en un rol activo,
    reacoplando al mundo financiero con la economía real y restableciendo la
    cohesión social. Es la etapa de despliegue, que lleva a una “época de bonanza”,
    como el boom victoriano, la
    Belle Epoque o el boom de la segunda post-guerra. Desde la Revolución Industrial,
    es la quinta vez que vemos esa secuencia. Habrá que ver si el Estado en los
    países más desarrollados logra controlar al mundo financiero, y de ser así,
    podríamos vivir el boom global y sustentable de la sociedad del conocimiento.

    Este movimiento
    pendular finanzas-producción y laissez faire-estado activo, parece ser parte de
    la naturaleza de la economía de mercado y quizás la fuente de su dinamismo.

    • ¿La locura especulativa es inevitable e
    incluso promueve el desarrollo?

    Esa manera un tanto
    brutal que tiene el capitalismo de lograr el progreso se debe en parte a que
    cada revolución tecnológica encuentra gran resistencia para su difusión. Cuando
    se agota el potencial de un paradigma, los gigantes más poderosos son los más
    obsoletos, por algo los llaman “dinosaurios”. También los consumidores y las
    estructuras de gobierno están adaptados al paradigma, es decir a su sentido
    común y sus requisitos. Para dar un ejemplo extremo, en el paradigma anterior a
    nadie se le hubiera ocurrido ofrecer productos gratis, como se hace ahora en
    Internet, y buscar otro modo de obtener ingresos.

    Entonces entra en
    juego el capital financiero con su total movilidad y flexibilidad. Al ver que
    los dinosaurios se estancan, los financistas buscan otras fuentes de ganancias.
    Y encuentran a los ingenieros inventando en sus garajes. Al poco tiempo,
    algunos de esos pequeños van logrando ganancias extraordinarias y aparecen los
    innovadores a montón y la nube de ávidos inversionistas. Se monta entonces el
    gran experimento, donde la competencia en el mercado define cuáles son los
    productos aceptados y las empresas destinadas a ser los gigantes de la oleada
    (y los dinosaurios de la próxima).

    Pronto el mundo
    financiero se desacopla de la economía real e incluso de la revolución
    tecnológica misma, y surge un casino incontrolable, la gran burbuja y su
    estallido. Pero el resultado, catastrófico y doloroso para muchos, es que el
    nuevo paradigma ya está plenamente instalado, su infraestructura (actualmente:
    las redes de telecomunicaciones e Internet) tiene plena cobertura y todo el
    mundo ha aprendido a funcionar en él. Con ello quedan creadas las
    externalidades que permitirán a todo el aparato productivo modernizarse y crecer
    con el nuevo potencial.

    • ¿Es decir que ahora vendría el reacomodo y el
    despliegue del nuevo paradigma? ¿Eso está sucediendo?

    Desgraciadamente
    no. El casino está intacto y renovado. Se ha salvado al mundo financiero, pero
    no para reconectarlo con la economía real sino permitiéndole mantenerse aislado
    en su corral. Es la misma política de intereses bajos y exceso de liquidez con
    la que Greenspan estimuló la burbuja de los 2000, pero ahora empeorada por el
    “seguro de rescate” dado por el gobierno. El escenario está montado para otra
    burbuja y otro colapso. El mundo financiero tiene atrapados a los políticos,
    mientras el resto de la sociedad no ha encontrado forma de presionar en una
    dirección más sana. No quiero ni pensar que sea necesaria una gran depresión
    para que despierten.

    • ¿El colapso del socialismo refleja el
    agotamiento del paradigma de producción en masa?

    Sin duda. El
    socialismo, al igual que las democracias keynesianas y el nazi-fascismo, logró
    el crecimiento con base en ese paradigma. Ya Lenin lo dijo muy claramente:
    “socialismo es: electrificación, taylorismo y los Soviets”. Es decir, la
    infraestructura, la organización del trabajo y el modelo político
    representativo de la producción en masa. Ese modelo centralizado autoritario y
    con planificación central de la producción sirvió para el crecimiento con el
    potencial de ese paradigma pero no tenía mecanismos para producir y difundir
    una revolución tecnológica. Por eso se fue deteriorando hasta desmoronarse sin
    disparar un tiro.

    • Desde el descubrimiento del petróleo hasta la
    crisis de la deuda en los 80: ¿habría una continuidad en Venezuela dada por el
    paradigma de la producción en masa?

    Ciertamente. Desde
    Gómez hasta los años cincuenta, el país crece con el ingreso petrolero y las
    actividades no transables (construcción, carreteras, electricidad, etc.), y una
    que otra agro-industria de alta demanda local; e importa los bienes de capital
    y los productos manufacturados de consumo, especialmente de EEUU. La
    industrialización sustitutiva comienza cuando las empresas en los países núcleo
    están llegando a la madurez y necesitan ampliar sus mercados. La solución es
    exportar partes en lugar de productos finales y ensamblarlas en cada país, para
    dinamizar la economía e incorporar más y más consumidores. También se da la
    provisión generalizada de educación y salud, la seguridad social, el crédito al
    consumo y la vivienda y otros procesos característicos de ese paradigma.

    La década perdida
    fue un fenómeno latinoamericano. A diferencia de Asia, quedamos amarrados al
    viejo paradigma. A ello se debió el deterioro, el gran empobrecimiento, el
    resentimiento creciente entre las mayorías y el aumento de la corrupción.

    • ¿Cuáles son las diferencias esenciales entre
    el paradigma anterior y el actual?

    Notablemente, la
    tendencia a la descentralización en lugar de las formas piramidales y
    jerárquicas del pasado. Las corporaciones modernas son grandes redes globales
    formadas por unidades ágiles semi-autónomas a las cuales la dirección central
    dota de recursos, metas y rumbo estratégico. Es notoria la diferencia entre el
    aplastamiento de las nacionalidades en países como España, en el paradigma
    anterior, y el florecimiento de las autonomías en el actual. De hecho, mientras
    la producción en masa procuraba un solo idioma y un mercado homogéneo, en la
    producción flexible actual es natural manejar la variedad. Ese paso, de la
    homogeneización a la segmentación de mercados y la diversidad, es otra
    característica del cambio de paradigma.

    En cuanto al cambio
    de estructuras organizativas, pasamos de la obediencia rutinaria a la
    disciplina creativa, de la vieja noción de “recursos humanos”, casi como
    materias primas, al concepto de “capital humano”, reconociendo la experiencia,
    el talento, la imaginación y el conocimiento, como creadores de valor.

    • ¿Y las tecnologías de la próxima revolución?

    Alguna combinación
    de biotecnología, nanotecnología, bioelectrónica, nuevos materiales y nuevas
    energías, aunque no es posible predecirlo con certeza, porque cada revolución
    se inicia con una ruptura tecnológica que cambia el potencial espacio para la
    innovación radical y reduce drásticamente los costos. La electrónica y los
    grandes computadores estaban allí en los años 50 y 60 pero fue el chip
    microelectrónico barato el que abrió la posibilidad de la informática para
    todos.

    • ¿Cuáles son las oportunidades de América
    Latina?

    Necesitamos entrar
    en este paradigma y prepararnos para el próximo. Para ello hay que tomar en
    cuenta el estadio en que se encuentra la oleada actual, las condiciones de la
    globalización y nuestras ventajas estáticas y dinámicas.

    Ya perdimos el tren
    de las tecnologías informáticas mismas, que permitieron el salto de los Cuatro
    Tigres Asiáticos y ahora de China e India. Sin embargo, podemos aún aplicar la
    informática para innovar en las otras tecnologías. Pienso que el mejor espacio
    que tenemos es el basado en los recursos naturales. Al contrario de Asia,
    América Latina tiene baja densidad poblacional y abundantes recursos naturales.
    Un camino complementario sería lograr “tecnologizarlos”, innovando en
    materiales adaptados, especialidades químicas, protección ambiental, alimentos
    “gourmet” (rescate de los sabores antiguos) u orgánicos, etc. Esto significa
    especializarse en las industrias de procesos, en las cuales tenemos una
    experiencia más completa que en las de fabricación, porque en aquellas
    partíamos de los recursos directamente, mientras que en éstas sólo aprendimos
    el ensamblaje final.

    Claro que, dados
    los niveles de pobreza, habría que desarrollar una estrategia dual: una mitad
    buscando estar en la punta de la tecnología para competir globalmente, la otra
    utilizándola para elevar la calidad de vida de toda la población. El paradigma
    actual, a diferencia del anterior, permite la convivencia de distintos niveles
    tecnológicos y reconoce sus costos relativos en el precio. Basta entrar al
    caleidoscópico mundo de un supermercado moderno para comprobarlo.

    • ¿Cuáles son los riesgos?

    Los recursos
    naturales son muy vulnerables a los ciclos económicos en los países usuarios,
    pero es muy probable que el precio promedio alrededor del cual se fluctúe sea
    mucho más alto que en el pasado, por simples razones de oferta y demanda en el
    contexto de la industrialización extensiva característica de la globalización.
    Eso permitiría a empresas y gobiernos usar fondos de estabilización del
    ingreso. Pero hay que tomar en cuenta que la tecnologización sugerida implica
    un perfil creciente de productos especiales, cuyos precios son mucho más
    estables por tratarse de semi-monopolios. Toda estrategia tiene riesgos, lo
    malo es no prepararse para enfrentarlos.

    • Gracias Andrés por tu comentario y el enlace a la entrevista a Carlota Pérez. En efecto, siempre hay algo de realidad tras todo mito, tras cada ilusión. Algo de eso fue lo que quise transmitir en el post. Sin embargo, es necesario precisar que esa idea de Venezuela como país moderno y del progreso fu solo visible para unos pocos en algunas pequeñas parcelas del territorio. Saludos!

Leave a Reply

Required fields are marked *.


Skip to toolbar